jueves, 20 de marzo de 2014

Los poemas caducan.
Los poemas no caducan.
Los yogures se pasan de fecha
en todos los frigoríficos del mundo.
Los poemas caducan
en la retina de quien los lee.
Los poemas se pasan de la raya
-a veces-
y dicen algo de follar,
de olvidar montar en bici,
de amar como aman los ositos de peluche
a las madres y no a los niños que los llenan
de babas.
Cosas así.
Los poemas caducan
al pasar página.
Por muy caro que sea el frigorífico
el yogur se pasará de fecha.
Por muy dentro que penetre el verso,
morirá en la retina
según se pase a la siguiente página.
Conozco a mucha gente que ha muerto.
Ninguno había leído
nada que no estuviese caducado.
Coge este poema fresco
mírale las branquias,
tócale los ojos,
fíjate que piel de plata.
Cómetelo para burlar a la muerte,
al olvido,
no caer en la tentación del helado de menta y chocolate.
Cómetelo, que mañana será hoy
y para entonces, se habrá pasado de fecha.