domingo, 22 de marzo de 2015

Pues ha resultado que tengo un herpes zoster. Me lo ha tenido que decir un médico, porque yo no soy capaz de reconocer las respuestas de mi propio cuerpo.
El primer día pensé que se trataba de una picadura de algún insecto -puta primavera, pensaba-. El segundo día esperaba la consiguiente reacción alérgica y ahí apareció en coordenadas próximas al primer bulto. El tercer día, llego la sabida exageración de mi cuerpo, la exaltación, la sobrereacción. Mi cuerpo indignado genera, por lo general, más histamina de la necesaria a la hora en que los anticuerpos hacen frente a alguien. Barricadas o material antidisturbios ya no sé. Y por lo tanto, como decía,  la piel se abulta, se avergüenza de algo y se pone roja. Y pica como su putísima madre. Esto, como digo, el tercer día. Más o menos lo normal. El cuarto día la reacción se extiende dirección sur desde mi costado hacia la espalda. Y no pica. Duele. Es entonces cuando me acuerdo de Kant, las categorías, el estructuralismo de Saussure y pienso que ese salpullido quizá no sea una reacción alérgica a una picadura de mosquito. Es decir, que no entiendo mi cuerpo, que tenemos un problema de comunicación. Y entonces a uno no le queda más remedio que llamar al médico para pedir cita. Pero los trabajadores de la sanidad pública, aunque trabajen en sanidad, también se embadurnan con ella. Llamo y me comentan que la administrativa no está, su marido está en el hospital y que no me pueden dar cita hasta que no llegue el administrativo suplente. Me piden que llame más tarde. Al llamar más tarde ya no hay citas. Te jodes. Bueno, me jodo. Aguanto el día entero con un dolor que descarta la posibilidad de mordeduras de insectos. Esto no va por ahí. Después de comer me propongo ir al médico de urgencias en el pueblo de al lado. Se me pone por delante un partido del atleti y pospongo la visita al matasanos hasta que no termine el primer tiempo. Tras 45 minutos, dos goles y un Getafe apagado, llego al centro de salud. Lo han renovado, hace tiempo, cosa de 5 años. Es mi primera visita en todo este tiempo, no sé por donde se entra. Puta arquitectura moderna. Un portero automático me hace intuir la entrada. Llamo. ¿Qué le pasa? Una reacción alérgica de alguna picadura -miento- Pase y espere por favor. Las salas de espera son siniestras, no pueden evitarlo. La arquitectura moderna tiene otras asignaturas pendientes más importantes. Pase por aqui por favor, siéntese, cuénteme por favor. Y yo que soy muy obediente cuento al mismo tiempo que me voy quitando abrigo, sudadera y camiseta, todo lo que me pasa. El médico me mira no con mucho detenimiento. El se tira estudiando seis años para interpretar lo que el cuerpo dice. Después de mirar y preguntar, traduce: tienes un herpes de zoster.
El imbécil de mi cuerpo, que todo lo guarda para por si acaso, escondió sin que me enterara hace cosa de 25 años una cepilla de varicela que mantenía a raya a base de anticuerpos. Sin saber u olvidando que nunca puede uno fiarse de los encargados de la ley y el orden de mi cuerpo, pues más tarde o más temprano terminan liándola por sobreactuación y, ahora, según parece, por dejación de funciones. Total, que en un descuido de la defensa que llevaba 25 años dejando en fuera de juego a esta cepa, o en un fallo garrafal del linier al que todavía le pitan los oídos, la varicela de las pelotas se ha hecho fuerte, ha recorrido el sistema linfático del cuerpecito de este señor y está campando a sus anchas en uno de los desvíos de esta mencionada linfa. Y ha tomado forma de reacción alérgica, pero en realidad es otra cosa. Al final, siempre pasa lo que pasa, y es culpa de quien es culpa: de la puta policía. Putos anticuerpos que no tienen término medio. O se exceden con la histamina o no hacen bien su trabajo. El resultado al final es el mismo.
El médico, que comprende la situación mejor que yo, me manda unos retrovirales como si yo fuese Freddie Mercury, unos analgésicos y una disolución de sulfato de cobre. El médico, que me ha visto con cara de pudiente y ha confundido el ruido del motor de mi citroen xsara al llegar con el de un porsche panamera, me manda unos retrovirales de 50 pavos la caja, unos analgésicos que mi madre tiene repes y una solución de sulfato de cobre que vale más que un cubata. Y así no se puede joder, así no se puede. Tengo un puto virus y no es de esos que tienen forma de Apolo XIII, esos virus molones dodecaédricos con patitas.
La noticia ha sido recibida con empatía en mi entorno. Duelen un montón, ay hijo pues prepárate, tranquilo que no se pega, que te han mandado. Al parecer, por testimonios, lo que me esperan son seis días de infierno. A pesar del tratamiento la hinchazón y la rojez se seguirá extendiendo hasta formar un cinturón a lo ancho de mi tronco, todo terminará derivando en la generación de pequeñas pústulas que se habrán de secar con el cubata de sulfato de cobre que me he comprado y el dolor superficial se convertirá poco a poco en un dolor muscular cada vez más profundo que me impedirá hacer algunos movimientos. Pústulas, rojez, cinturón, dolor, impedimento. Voy a ser un judío en el Egipto de Moisés.
Y todo por unos putos anticuerpos vagos de mierda.