jueves, 24 de marzo de 2016

Es la primera vez que elijo la fuente antes de escribir.
Voy a contar lo que acabo de hacer, es importante para la finalidad del hecho de escribir.
He terminado una serie que estoy viendo en Catalán. Es un poco Física y Química/Los Serrano pero es entretenida y gira en torno a la filosofía (no sé si girar en torno a algo está bien dicho). Después de eso he mirado el reloj y he visto que era pronto para acostarse. Y he pensado que quizá sería buena idea escribir un poco. Pero al no tener sobre qué, voy a quemar el último cartucho de los que gustan disparar lineas con pólvora de casa. Semejante empresa merece todos los preliminares posibles. Viendo que el ejercicio podía ser titánico, he pensado quitarle hierro al asunto y tomármelo a broma. Como se lo toman muchos escritores. No soy escritor, aviso. Tomármelo a broma, decía, pero muy en serio.
Entendiendo que esta faena puede prolongarse unas horas, de modo que he bajado a por una cerveza que reposa aquí a un palmo de mi mano izquierda y tengo intención de hacer una pausa y violar una de las pocas normas que me tengo puestas en mi habitación: no se fuma en mi habitación.
He tenido que elegir música y no ha sido difícil. El ejercicio de juntar palabras y conjugar verbos se hace mejor, o al menos a mi me lo parece, con música clásica. Nada de estridencias ni novelas, que aquí el que escribe soy yo. De modo que ni Mahler, ni Schönberg, ni Stravinski. Es mejor en estos casos volver a lo primitivo. Algo del principio, pero que no huela a Mozart. Normalmente para estos casos Teleman me salva el culo, pero me he decidido por Biber y sus sonatas del rosario. Naturalmente no es Justin. Si uno quiere poner negro sobre blanco las razones por las que pierde el tiempo en semejante esfuerzo, la música no es baladí.
Escribir al fin y al cabo es jugar a los escritores. Es inevitable. Escribes y sin querer te dices, mierda soy una copia barata de Faulkner, mierda no quiero parecerme a Borges, mierda esto podría haberlo dicho Ayala, mierda no puedo escribir sin haberme leído nunca nada de los últimos tres autores porque los guardo para una ocasión especial. Seré sincero, más de una vez he querido explicar por qué escribo, para qué lo hago. Y siempre me he imaginado a Bukowski. La razón es sencilla. Yo, como Bukowski, soy mal escritor. No le pongo ganas. Dejo que las palabras salgan poco a poco. Yo, como Bukowski, no tengo imaginación. Y como no tengo imaginación a lo más que llego es a dibujar un escritor borracho, medio en pelotas en su casa, con alguna que otra cerveza desperdigada por el suelo, sin un puto duro, con una nula capacidad para mantener a su lado una mujer y completamente despreocupado del resto de mundanidades porque tiene un coche en el garaje, leche en la nevera, cinta en la máquina y un buen taco de folios. Ser mal escritor no es ser escritor. Es ser mal escritor y punto.Voy a cambiar la fuente, Courier no me termina de convencer. Necesito algo con una serifa más amable, una garamond o una baskerville.
Dios donde va a parar. Uno de los primeros libros que me leí en mi vida fue “El Perro de los Baskerville”. Nadie me obligaba. Y como nadie me obligaba lo intercalaba con la lectura obligatoria del colegio. Al final dejé El Perro de los Baskerville por no sé que mierda de libro del Barco de Vapor. No me dejaban escoger lectura obligatoria, tiene cojones. Nadie obligaba tampoco a escribir y yo sin embargo lo hacía. Me obligaban, si que es cierto, a hacer copia. Puta copia. Debería haberle cogido una tirria enorme al oficio de Cervantes. Para evitarles futuros dolores de cabeza a profesores sin imaginación, mis profesores de primaria me obligaban antes del recreo a copiar una hoja entera de un libro de lectura para mejorar mi caligrafía. Desligué las letras demasiado pronto y eso a mis maestros no les gustaba demasiado. Concluyeron, Consuelo, ningún rencor te guardo por esto, de verdad, que tres veces a la semana iba a perderme las primeras partes de nuestros partidos del recreo para dedicárselos al noble arte de la caligrafía. Inexplicablemente, aquella tortura, porque para mi ligar medianamente bien algunas sílabas era una tortura, no medró mi gusto. Quizá porque se tratara de un ejercicio mecánico y escribir fuera otra cosa.
Hubo en aquellos días, niños y niñas que fantaseaban con que para su comunión les regalarían una bici, una Play Station, o una cámara de fotos. Yo ya había hablado con mi abuela y sabía que a mi me caía una máquina de escribir. Electrónica, para más Inri. Yo era una niño de 11 años que tenía una Olivetti Linea 101. El siguiente paso era que me dejaran entregar las redacciones de lengua a máquina. Aquello nunca sucedió. Hasta la universidad no empecé a entregar trabajos mecanografiados. No pasaba nada.Si, en aquellos días escribía cuentos y hacía mis propias dedicatorias en las carpetas de mis compañeros y compañeras de clase. Todavía guardo algunas.Esta canción se llama Viii La Coronación de Espinas, pero para nada evoca a tal suplicio. Es más primavera de Vivaldi, para mi que los nombres de este disco están mal puestos.
Voy a abrir la cerveza.
Ix. Con la Cruz a Cuestas ya hace más honor a su nombre.
Llegó un día en el que sin yo haberlo pedido me encontré un ordenador en mi habitación. Poco a poco había dejado de escribir no sé muy bien por qué. Supongo que me estaba empezando a volver idiota, ya saben, esa edad. Dejé de leer. Ya ni las obligatorias del cole. Un modem de 56ks y un acceso gratuito a internet de EresMas que llegó un día al buzón sin que nadie lo esperara , me permitían entrar a una web y encontrar resúmenes de libros. Aquello significaba que había otros profesores cabrones alrededor de España que estaba obligando a los chavales a leer libros en lugar de animar a leer los libros que ellos quisieran. Y aquello hizo que tuviera a esos héroes anónimos en un altar. Estudiantes que en pos de librar a otros de la tiranía del magisterio y de la LOGSE, subían el esfuerzo de su intelecto y los réditos de su tiempo para que otros pudieran disponer de él para leer lo que quisieran. Yo no leía, jugaba a maquetar mi propia página web con FrontPage y manejaba algunos grupos de Msn en contra de Papa Levante y un foro para dibujantes de PaintBrush. Esto va sobre por qué escribo, pero a veces me voy por los cerros de Úbeda. Antes de seguir revuelvo algunos recuerdos...Perugia...Amaya...Glorieta de Santa María de la Cabeza...bien, por poner un poco de orden.
Llegó un día en el que una chica me gustó. Como era una chica muy lista, y yo aunque pareciera imbécil con una cresta de punki, era bastante listo, empecé a escribirle relatos pequeños. En realidad yo lo que quería era parecerme a Berna Wang, una traductora de la cual todavía conservo unos mails que me crucé con ella sobre por qué escribir, y a unos haikus suyos que se podían escuchar por las mañanas en el desaparecido Musicaes3 de Radio3 que si no me equivoco dirigía Virginia Díaz.
A veces pienso en la cantidad de material de lectura que van a tener mis nietos para conocer a su abuelo. Y esta frase va a estar graciosa cuando la lean. Naturalmente me quedaba lejísimos de los haikus de Berna Wang. Hoy leo lo que escribí entonces y me miro con cariño; hace no tanto tiempo me miraba con cierto asco. Supongo que algo he debido de aprender, o algo me ha debido de cambiar en este periodo. Escribía cursilerías. Cursilerías de adolescente de dieciséis años enamorado perdido. Pues como esa primera vez que te enamoras. Llamé la atención de la chica, funcionó. Eran pequeños relatos tristes, de desamor, desesperación, dolores de hormonas. Y le dije que eran por ella. Algunas veces no recuerdo bien cuánto de cierto había en aquellas palabras. Lo cierto es que trajeron a mi vera a una gran persona. Ella tenía un novio. Su novio era uno de mis mejores amigos. Su novio la dejó. Y yo por entonces todavía era muy crío para saberme escabullir entre la espada y la pared. Antes de que eso sucediera, me desenamoré en cierta manera.
¿Voy a escribir sobre por qué escribo algún día de estos?
Mientras ella estaba con su novio, yo seguía escribiendo. Supongo que era una especie de guerra. Una guerra de guerrillas, mejor dicho. Yo era un pringao, que por no tener no tenía ni bici. Él tenía coche, trabajo, era más mayor, y también tenía algo que yo no veía pero esta chica en cuestión si. Pero el pringao conocía los puntos débiles del frente. Y sabía aprovecharlos. Para eso me sirvió escribir, para tener la ilusión de que aquella guerra se podía ganar. De que yo merecía la pena. Yo era listo, copón, yo era como ella. Era más sofisticado, era más inteligente, más maduro, iba a ser mejor padre, coño. Nunca lo vio.
Sospecho que escribir todo aquello también me sirvió como práctica. De alguna manera era un ejercicio de expresión personal y de redacción sostenido en el tiempo durante bastantes años. Una profesora de lengua que iba de enrollada se ganó mi confianza como para que le dejara leer lo que escribía. Tanto se ganó mi confianza, que le conté la historia. Me animó a que siguiera escribiendo, me dijo que valía, que algún día abandonaría la primera persona y escribiría en tercera. Era su ojito derecho. Por esto, sospecho, y porque hacía los análisis sintácticos en esquema. No me puso el nueve que le pedí en lengua para que me diera la nota y estudiara comunicación audiovisual como la chica de la que estaba enamorado. No me habría valido de nada. Para compensar un supuesto buen manejo de la lengua, los dioses me dieron un cerebro torpe con los números. Suspendí matemáticas, me mandaron a septiembre y al terminar selectividad en los últimos compases de verano ya solo quedaban plazas en Humanidades en la Carlos III de Madrid. Lo bueno es que estaba al lado de la casa de mi abuela. La que lie para que me cogieran en la Carlos III, madre de dios.
Empezaba una nueva etapa y eso implicaba cerrar otras. Eliminé el blog en el que estaba escribiendo para la chica de la que me enamoré en mi adolescencia de punki de pueblo y abrí este que ahora mismo lees. Todo el contenido del anterior blog lo tengo guardado por ahí. Ahora mismo, la verdad, es que no sé muy bien donde. No es una tragedia perderlo. Bueno, si que lo es. Si, lo sería. Pero me consta que la persona a la que iban dedicadas cada una de las palabras que colgué en ese blog se encargó de atesorarlas en un word. Tanto es así que las llegó a imprimir. Y abrí este blog dispuesto a cerrar tras de mi un periodo de lamentación, desesperación adolescente, y, repitiendo un término que acabo de inventarme y me gusta mucho, un periodo de dolor de hormonas.
Ahora que veo el nombre de las canciones de este disco de Biber, recuerdo que tuve la intención de escribir un pequeño poemario con cada una de los misterios de cristo y las no se qué...lo tuve un tiempo en mi pizarra blanca, pero luego esa idea se sustituyó por un fanzine cojonudo.
Pues eso, abrí este blog.
Dios mío, 18 de enero de 2008. Aquel año publiqué doscientas y pico entradas y en algunas me molestaba en sacar y poner una foto. Si hoy conservara la mitad de voluntariedad...
No he podido evitar leerme. Era un capullo integral. No porque lo que escribiera no mereciera ni el enfoque de las retinas, sino porque recuerdo cuan idiota fui. Y para eso sirve también escribir, sospecho, para dejar sentada y viva prueba de que fuiste un capullo, de que te equivocaste, y quizá incluso sin querer, pero eso no te quita de haber sido un completo e integral capullo. Acabo de recordar otra historia antes de esta, pero no viene al caso. Bueno si. Hubo una chica de la universidad con la que estuve un tiempo liándome y me terminé pillando. El “acoso” llegó hasta tal punto (meh, acoso tampoco fue, digamos que me puse cansino pero en ningún caso para llegar al acoso) que la chica reventó y me dijo, entre otras cosas que dijo en voz muy alta, que lo que escribía eran cursilerías insoportables. No recuerdo bien si me rompió el corazón en mil pedazos, probablemente si y no me acuerdo. Después de aquello estuvimos un tiempo sin hablarnos y poco a poco las aguas fueron llegando a su cauce y yo empecé a salir con otra chica y ella con el que hoy es el padre de sus tres hijos.
Escribir supongo que también es un arma de doble filo, un boomerang. Un espejo para que alguien te lo ponga delante y te muestre lo patético que eres. Porque si, digámoslo, en esa fina frontera entre el sujeto y el objeto de nuestra propia conciencia nos convertimos en seres patéticos. Por suerte, por unas formas más o menos dolorosas, terminamos dándonos cuenta de ello y rectificamos las velas. Si hay suerte y te das cuenta, claro. Si, porque escribir, y más en el modo en el que lo hago yo, creo que es extenderse uno mismo como la mermelada de frutos rojos sobre el queso brie en una tosta de un bar de la Latina (Calvo me he quedado buscando este símil, ¿saben?). Escribir así es abrirse el pecho y que la guardia civil meta los perros.
Pero llegados a este punto ¿qué sentido tiene hacerlo? Hace años que llevo el seguimiento de quien entra y quién no entra en el blog. Siempre lo he seguido. Voy a ver el Google Analytics, un momento.
Nada, los que llegan nuevos llegan de rebote desde google buscando los términos más variopintos. Pero los que no sois nuevos...¡ja! Os tengo a todos calaos. ¿qué seréis? ¿10?Por ahí, si queréis doy nombres. No penséis que escribo por vosotros. Bien sabéis que no. Pero quizá no sea mal momento este para agradeceros el haber estado ahí después de todo este tiempo. Algunos lleváis aquí más tiempo que otros. No dudo que sois conscientes, vosotros que vais a leer o estais leyendo esto, de por qué escribo pero quizá algún día podáis remitir a alguien aquí si me pasara algo. Escribo por varios motivos, pero el principal es el de desahogarme. Cuando veo hecha palabra la realidad a la que me enfrento, me resulta más fácil de manejar. Un mal rato, un dolor enquistado, una euforia desbocada, un orgasmo que no termina. Si los hago palabra los recibo mejor. Y no solo los recibo, sino que los clasifico. Aquí en este blog por orden cronológico. Sirve para, pasado un tiempo, rememorar esto y aquello. Por gusto, por refrescar la memoria, porque ahora hay delante un monstruo similar y hay que recordar como fue abordado. Y creo que para no olvidar. No olvidar por dónde se ha pasado para llegar finalmente a este punto y después tener una idea más o menos clara de por dónde han de ir los próximos pasos. Y sobre todo, más que para no olvidar, para recordar el momento exacto, la luz que brillaba, la vida detenida, las distintas sensaciones, la diversidad de sentimientos. Decía un profesor mío que vivimos en un mundo de imágenes y que somos esclavos de ellas. La imagen es algo dado, viene. Lo más que te deja jugar es un par de parámetros. La palabra es infinita. Y en ella puedo guardar lo que me dé la gana. Desde la peor felación que me hayan hecho nunca a la calma que encontré en todos los aspectos en una catedral de Perugia, del pánico al futuro que viví en Londres a la luz de un 28 de junio a las ocho y media de la mañana entre los plataneros del paseo del prado. Y personas, coño. Personas. Con volver la vista atrás, leer un par de versos ya me planto en el momento, en el lugar y puedo dibujarlo con un detallismo que me asombra, tanto físico como psicológico.
Creo que nunca he conseguido sentirme mejor escribiendo. Lo he intentado alguna vez, pero nunca ha dado como resultado un apaciguamiento de mi ser. No al menos que yo recuerde ahora mismo. Pero si que he conseguido en más de una ocasión, leerme, reencontrarme, consolarme. Decirme: “ves como no era para tanto”, “la cagaste aquí”, “juas lo bordaste” y también “tenías razón”. O palabras más gordas como “no has vuelto a querer así” “lo que viene no puede ser sino genial”. En más de una ocasión he escrito sabiendo quién me iba a leer. Bueno, en realidad en muchas. Pero en pocas he medido mis palabras en pos de conseguir un resultado final o un efecto. Muy pocas. Repito, escribo para mi. Y si eso me pudo conseguir que al abrir la puerta sin mediar palabra me tiraran sobre la cama, fue muy bienvenido.


Si escribí, fue para dejar constancia de que íbamos a ganarlo todo y siempre.

jueves, 10 de marzo de 2016

Una noche eran las cuatro de la mañana y se me estaba bajando el pedo. Quería seguir bebiendo pero no tenía un duro. Mendigar dinero es demasiado honrado para mi y beber con gente triste tampoco me gusta demasiado. Algunas veces, llegados a ese punto de la noche en el que todos los bares de la ciudad cierran, íbamos a la cafetería de algún tanatorio. Lo importante no eran las risas, lo importante era el alcohol. Era un truco que un amigo, hijo de un taxista, había heredado. Lo único que heredó de su padre decía con cierto orgullo de pobre. Pero hoy la importancia del alcohol y las risas estaban a la par. Había que beber, sin un duro y con alguien que estuviera contento y al que no se le hubiera muerto nadie. Algunas veces, las más raras, en los tanatorios encontrábamos gente que se alegraba de la suerte del muerto por eso de dejar de sufrir. Más que alegría, era un consuelo raro. Tan sólo una vez vimos un corro de cuatro personas que al fondo de la barra, tratando de disimular unas sonrisas, brindaban con unos cubatas. Yo dije que no se alegraban de la muerte de nadie. Que en realidad estaban ahí por la misma razón que nosotros. Mis amigos se creen demasiado especiales como para aceptar que la herencia de un taxista, en realidad, es la herencia de todos los taxistas y éstos, sienten los mismos deseos de perpetuar la especie que el resto de los seres humanos. De modo que conocidas las premisas, andando por la calle, di con la solución. Entré en la cafetería del hospital y observé a mi alrededor. Era cuestión de tiempo. A los diez minutos entró un hombre seguido por una señora mayor, otro hombre más o menos de su misma edad y una chica morena que rondaría los 40. Se colocaron en la barra y yo en ese momento me dejé ver hablando por el móvil, medio atribulado, medio eufórico, con una risilla nerviosa, fingiendo hablar con alguien al otro lado, contándole que el parto había sido perfecto, que Silvia, quién cojones era Silvia, por qué se me ocurrió ese nombre, estaba bien y que Cayetana, el nombre de moda, había pesado tres kilos doscientos. Mientras soltaba una cháchara insulsa, repartiendo besos a gente invisible y dando las gracias mil veces, yo me movía arriba y abajo por la cafetería del hospital, caminando entre las mesas, entre clientes que no existían y apartando sillas de mi camino. A penas había dos camareras soñolientas. Di fin a mi falsa haciendo que colgaba el teléfono, tocándome la cara como si no me lo creyera, suspirando, apretando los dientes me acerqué a la barra y me puse al lado del grupo que había entrado antes. "¡He sido Padre!¡He sido padre joder!". La morena fue la primera en darme la enhorabuena con comedimiento, la señora me sonreía y el hombre exclamó "¡Yo también!" y nos fundimos en ese abrazo raro que te deja dar la euforia de la alegría compartida, o doble o qué coño sé yo si no he sido padre en mi vida. Entonces después de soltarnos me dijo "Déjame invitarte a un trago coño, que no se es padre todos los días" y en un alarde de ingenio que aun no soy capaz de explicarme dije "y de gemelos" a lo que me respondió "¡pues pídete dos!". Ni perezoso ni corto, nunca corto, pedí un par de DYCs dobles largos con hielo, sin coca cola ni pollas, porque tampoco es bonito abusar. Las caras de los presentes cambiaron de la sonrisa empática a la mueca de sorpresa. Salvo el padre, que seguía manteniendo esa cara de tonto, aquel día lo aprendí, que tienen todos los padres cuando nace tu primer hijo; una cara de tonto que no te deja ver que te la están colando por la escuadra como tu hijo, quizá dentro de diez o cataroce o dieciseis o veinte o treinta años, te la colará. Cogí los dos vasos, dije que iba a ver a mis hijos y a mi mujer y salí de la cafetería en dirección contraria al pasillo de maternidad. Aquella noche llegué a casa a las once de la mañana, pensando que no habría nadie en casa. Estaba el perro, se había cagado.